OPINIÓN | Biden y foreign policy por Giulio Cellini Ramos

Aunque les agrada el rol de policía del mundo o el éxito en el empleo de una misión militar en el extranjero, la política exterior de Estados Unidos no es, en rigor, una prioridad para sus ciudadanos, por lo que, al momento de elegir al Presidente, su visión sobre los asuntos internacionales no es -salvo para algunas minorías- una variable de peso. Además, en general, son pocos los temas en los que varía sustancialmente el criterio y conducción de la diplomacia norteamericana al producirse un cambio de administración, incluso si se trata del partido contrario.

La asunción de Donald Trump es uno de los pocos casos, al menos contemporáneos, en los que se dio un giro más pronunciado en cuanto a los asuntos exteriores, priorizando revertir los esfuerzos globalizadores de las administraciones anteriores, en particular la de Obama, con miras a favorecer al mercado estadounidense y superponer su poder geopolítico. Asimismo, un discurso más frontal y menos eufemístico, pero también, el sostenimiento de una política de imposición de sanciones como mecanismo de presión en asuntos políticos o de carácter comercial. Y lo que queremos reflejar no es que Trump descubre métodos novedosos en el proceder internacional de Estados Unidos, sino que algunas prácticas drásticas que parecían remotas o superadas, actualmente son implementadas con frecuencia. Huelga decir que lo último no implica el cierre de la vía del diálogo, por el contrario, parece ser un conducto en procura de aquel, ejemplos de lo cual han sido las conversaciones con Rusia y Corea del Norte, con cuyo líder el Presidente Trump sostuvo encuentros personales, llegando, incluso, a pisar suelo fronterizo de ese país para estrechar la mano de Kim Jong-un.

Ahora bien, no es la intención de estas ideas analizar la política exterior de la administración actual- aunque repasaremos aspectos comparativamente- sino trazar unas pinceladas a manera de aproximación de lo que podría ser el manejo internacional de Joe Biden, si alcanza la presidencia de los Estados Unidos de América en noviembre próximo.

Vicepresidente durante todo el mandato de Barack Obama, Joe Biden podría subir al escalón siguiente, postulado por el Partido Demócrata, si suma los votos del colegio electoral requeridos, una posibilidad que se mantiene abierta por la unidad en torno a su figura que halla en su partido y la descendente popularidad de su contendor, el actual presidente, cuyos diamantes más preciados, la economía y el empleo, se vislumbran severamente afectados por una causa no imputable a sus ejecutorias, la pandemia del coronavirus. La estrategia desestimatoria de la patología, así como la tardía toma de medidas de confinamiento que, provocó un estallido de contagios y decesos, abrió una brecha para que Biden catapultara su ya consolidada candidatura presidencial, solo a la espera del aval de la convención del partido azul.

Biden es un aventajado conocedor de los temas internacionales, toda vez que a lo largo de su vida pública se ha vinculado a ellos, en primera línea y de forma activa como vicepresidente, pero desde joven asumió una larga trayectoria como miembro y presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Este bagaje conduce a la conclusión de que, de ocupar el Despacho Oval, Biden pondrá buena parte de su interés y atención en la actuación internacional de su administración, aunque no deja de preocupar la influencia que pudiera ejercer el ala radical del progresismo de izquierda del Partido Demócrata, bajo el liderazgo del senador y exprecandidato Bernie Sanders, así como una de sus potenciales fórmulas vicepresidenciales, la senadora Elizabeth Warren y las polémicas congresistas Alexandria Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, por mencionar solo algunos.

La moderación es la característica fundamental que, en un clima político exasperado como el de los últimos tiempos, el Partido Demócrata aspira representar para lograr no solo el voto de quienes simpatizan con ese partido, sino incluso, el de sectores menos radicales de la base republicana. Ello lo representa cabalmente el vicepresidente de Obama, no solo como candidato, sino como eventual presidente, pero está por verse si, en temas externos, el referido grupo afín a la izquierda querrá intervenir, lo cual es muy factible.

Multilateralismo y globalización

La tarea que, en el orden externo, Biden como Presidente emprendería, no se vislumbra sencilla. Se encontrará con una realidad mundial nada alentadora y con un liderazgo debatiéndose entre si el virus marca el fin de la globalización, como lo afirman no pocos, incluido Donald Trump, o si, por el contrario, ella resulta imperativa para superar una crisis de carácter global. Es probable que Biden sea proclive a buscar soluciones mancomunadas a un problema que, en definitiva, si no se supera en conjunto, no desaparecerá de manera particular a través de la implementación de políticas domésticas.

Con Biden en la Casa Blanca, es altamente probable que se restituya, en gran medida, el esquema de Obama en lo relativo a los asuntos exteriores. Es un hecho que se adelantarían esfuerzos por mejorar los lazos con la Organización de Naciones Unidas (ONU), francamente debilitados durante la administración de Donald Trump, quien en su discurso ante la Asamblea General, en septiembre de 2019, afirmó que “el futuro es de los patriotas, no de los globalizadores”. En 2018, Estados Unidos se retiró del Consejo de Derechos Humanos por considerarlo una “organización hipócrita” y un “pobre defensor de Derechos Humanos”. En la misma dirección, a propósito del manejo de la pandemia del COVID-19 por parte de la Organización Mundial de la Salud, adscrita al sistema de Naciones Unidas, el presidente Trump decidió que su país no seguirá siendo parte de la misma. De tal manera, pues, que Biden, un aliado de las iniciativas multilaterales, tendrá el encargo de desanudar los impedimentos actuales para una relación fluida, cuyos primeros interesados en gozar, son, precisamente, los propios organismos a que hemos hecho referencia, que, a nuestro juicio, tampoco han sido perspicaces en buscar una relación armoniosa con Trump, cuya reelección, con seguridad, no desean.

Enmendar la tensa relación con la Unión Europea será una prioridad, así como el retorno a esfuerzos multilaterales comunes, como el Acuerdo de París sobre el cambio climático. El fortalecimiento de la OTAN sería un objetivo preferente para Biden, quien buscaría destrancar el diálogo en el seno de la organización, ya que las posturas y exigencias del actual presidente en lo concerniente al incremento del gasto militar, han erosionado en no pocos momentos las deliberaciones. Biden ha advertido que, de reelegirse el Presidente Trump, la OTAN desaparecería, afirmando que él salió de “una generación en la que tratábamos de ser los policías del mundo” al tiempo que reconoce que “no podemos ir a todos los lugares. Necesitamos aliados» (EFE. Julio, 2019).

El apoyo a la OTAN y sus críticas a la cordialidad entre Trump y Vladimir Putin, auguran una relación complicada con Rusia, en la que, como es usual, habrá interlocución, sin mayores avances en los temas objeto de discordia. También será determinante en el entendimiento con el Kremlin, la relación que establezca el potencial presidente con Ucrania, con quien la actual administración mantiene un fluido diálogo. En particular, este elemento resulta muy interesante por el escándalo derivado de la conversación del presidente Trump con su homólogo ucraniano, Volodymyr Zelenski, en la que habría sugerido investigar a Hunter Biden, hijo del nominado demócrata, lo que dio origen al fallido proceso de impeachment impulsado por los demócratas en el Congreso. La postura que adopte en lo atinente a Venezuela será, con seguridad, un elemento discordante adicional, aunque en menor grado que con la actual administración republicana, por las razones que revisaremos al final de este ensayo.

La amistad con la Unión Europea, como ya he comentado, será importante para los demócratas si logran destronar a Trump. Mientras Obama se hizo un gran aliado de esta importante comunidad, Trump ha privilegiado el mantenimiento de una relación menos homogénea con los países europeos, en particular con el Reino Unido, que ya no es parte de la UE, bajo el liderazgo de Boris Johnson, que coincide con Trump en los esfuerzos por marginar al multilateralismo. Todo apunta a que Biden robustecería la cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea, sin que ello implique desestimar a un socio fundamental como Gran Bretaña.

Medio Oriente y Asia

La situación general relativa al Medio Oriente y la lucha contra el terrorismo y las armas nucleares, no debería variar en gran escala, al menos en lo que a criterios se refiere, pero sí podría producirse una distensión si Biden, como ha dicho, se adhiere nuevamente al acuerdo nuclear con Irán, que Trump desechó para aplicar una política agresiva de neutralización. Con Biden, es improbable que se observen episodios como la resolución del General Soleimani. El senador que, en su momento, respaldó el uso de la fuerza contra Irak y Milosevic, hoy se muestra más reposado.

Israel no encontrará en Biden la misma alianza que con Trump, a pesar de que el primero y Netanyahu se conocen por su rol como vicepresidente de Obama, en cuya administración, por cierto, se produjo un distanciamiento por Estados Unidos haberse abstenido y no vetado, en el Consejo de Seguridad de la ONU, la resolución 2334, que demanda a Israel poner término a sus asentamientos en territorio palestino. La posición frente al asunto ha mutado bajo la presidencia de Trump, cuyo Secretario de Estado ha afirmado que la presencia israelí en Cisjordania y Jerusalén Este, no transgreden el derecho internacional. En su oportunidad, el candidato demócrata expresó su desacuerdo con el establecimiento de la embajada estadounidense en Jerusalén, aunque a posteriori afirmara que no pretende regresarla a Tel-Aviv. Es de suponer que Biden buscará retomar el rol mediador de Washington en el conflicto entre Israel y Palestina, implosionado definitivamente por la parcialización de la actual administración.

Donald Trump ha acusado a Biden de ser el candidato de China por las vinculaciones empresariales de su hijo en ese país. Lo cierto es que, de irse, dejaría unas relaciones complicadas con el gigante asiático. Luego de la guerra comercial de casi dos años entre Estados Unidos y China, ambos gobiernos llegaron a un acuerdo que, para algunos, es insuficiente y no subsana de forma estable los problemas de fondo. Sin embargo, Trump lo ha mostrado como un gran logro y lo propio ha hecho Xi Jinping. En todo caso, la suscripción del convenio disminuyó momentáneamente las tensiones, que han aflorado nuevamente ante la reciente polémica en torno a Hong Kong, que ya comentaremos, así como el surgimiento del COVID-19 en Wuhan y las acusaciones del Presidente Trump a China, imputándole la responsabilidad. Así pues, Biden no conseguiría un escenario despejado para una relación armoniosa, menos cuando hay otros asuntos pendientes, como su expansión cada vez mayor en el orden geopolítico, el avance en la militarización del mar de China meridional, la alianza tácita con Rusia y el respaldo al régimen de Nicolás Maduro.

Mención aparte requiere la tensión histórica producto de la relación de Estados Unidos con Hong Kong, cuya autonomía el país americano respalda y con quien sostiene importantes relaciones comerciales, a pesar de que el gobierno hongkonés es próximo al chino. Estados Unidos mantiene, incluso, la presencia en la isla de un consulado general, independiente de su Embajada en Beijing. Sin embargo, en días recientes y frente a la Ley de Seguridad aprobada en China en procura de imponer su poder sobre Hong Kong, a través de la represión de las protestas y la eliminación de la disidencia, Estados Unidos ha sugerido que el mencionado territorio ya no es políticamente autónomo, por lo que no merece una consideración preferencial en su legislación. Esto implica que, en lo relativo a los asuntos comerciales, Hong Kong tendría el mismo trato que China, lo que representa un problema no solo para la economía del primero, sino para los intereses chinos que requieren de las condiciones favorables de las que gozaba Hong Kong para la consecución de los mismos. Es claro que Biden sostendría el apoyo a la disidencia en pro de la democracia y la autonomía definitiva de Hong Kong, pero resultará interesante el manejo que daría a la cuestión comercial, cuyos beneficios se están revirtiendo.

Siempre un elemento a considerar es la postura frente a Taiwán, que se espera sea de inequívoco apoyo, pero con límites, para salvaguardar los intereses con la China de Xi. Trump promulgó, en 2018, la Ley de Viajes a Taiwán, que permite a funcionarios del gobierno estadounidense viajar a ese país a reunirse con sus pares, así como se ha declarado a favor de su admisión en la Organización de Naciones Unidas. Mientras que el vicepresidente Biden, desde 1979 ya votaba en el Congreso a favor de la Ley de Relaciones (no oficiales) de Taiwán (TRA), promulgada por el presidente Jimmy Carter. En días recientes, calificó como un ejemplo para el mundo, la posesión democrática para un segundo mandato de la presidente de Taiwán y su rápida respuesta al COVID-19, al tiempo que expresó su deseo de que el apoyo bipartidista a la causa taiwanesa se mantenga.

Japón y Corea del Sur, serán aliados importantes de la administración Biden. La India muy seguramente será un buen amigo y socio comercial. Trump ha desarrollado una estrecha cercanía con ese país, sellada con su visita reciente. Está por verse la política de Biden hacia Corea del Norte, ya que ha criticado con vehemencia los encuentros del actual presidente con Kim Jong-un, a quien considera un “tirano”, a lo que ese país ha respondido con calificativos nada agradables. La estrategia de Trump ha sido inteligente, pues, superadas en gran medida las peligrosas hostilidades, se decidió por negociar con Kim, quien parece, por los momentos, neutralizado, e invitarlo a suscribir un acuerdo nuclear. ¿Qué haría Biden en su lugar?

África y América Latina

Con África, no hay dudas de que proseguirá la política de solidaridad frente a los problemas que azotan a la región y el apoyo al mantenimiento de la paz en ese continente. Sin embargo, la relación seguirá siendo intrascendente en términos generales, sin logros relevantes que exhibir. Mientras que, con América Latina, tiene la oportunidad de fortalecer los lazos que, tanto Obama como Trump, han privilegiado. Como vicepresidente, Biden visitó varias veces Latinoamérica y diseñó en 2015 un programa para América Central con el fin de “(…) realizar las difíciles reformas e inversiones necesarias para abordar los desafíos de seguridad, gobernanza y económicos (…)” (Biden, Joseph. Joe Biden: A Plan for Central America. The New York Times. 29/01/2015). Este esfuerzo, destinado a superar la crisis estructural, en particular, de Honduras, El Salvador y Guatemala, que produce el éxodo de los jóvenes o su incursión en el narcotráfico, lo que constituye un problema para Estados Unidos, ha sido mantenido también por Trump, cuya administración ha cooperado económicamente con países de Centroamérica, de los que requiere un comprometido concurso para mitigar la migración ilegal y el narcotráfico hacia su territorio.

Los países del Caribe, hoy en buena medida aliados de Estados Unidos, podrán ser útiles para Biden en escenarios multilaterales, para lo cual deberá mantener las políticas de asistencia económica. Muchos de estos, que miraban con lealtad al sur en tiempos de bonanza venezolana, han virado el timón hacia el norte, lo que la diplomacia de Trump ha sabido aprovechar.

Con México y Canadá, sus vecinos, Estados Unidos está obligado a mantener una relación activa, inteligente y productiva. Más allá de los tropiezos al inicio del gobierno de Trump por la advertencia de que un muro sería construido en la frontera con México, a fin de evitar la migración ilegal y el flujo de droga, la relación ha sido cordial. Los antecesores de Trump fortalecieron la unidad en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), vigente desde 1994. El presidente Trump, se empeñó en reestructurar el acuerdo preexistente que llegó a calificar de “pesadilla”, lo que logra en noviembre de 2018 con la firma del nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que entrará en vigor en julio de 2020, y que servirá, consecuencialmente, como marco para Biden, de resultar vencedor en los comicios de este año.

Suramérica es un gran reto para Biden. Es el escenario más afectado por la migración masiva y desorganizada producto de la crisis humanitaria venezolana, por lo que ha de apoyar a las naciones que mayor cantidad de migrantes albergan, en particular Colombia, país que conoce bien, por haber sido uno de los arquitectos del Plan Colombia al final de la década de los noventa. Una dinámica relación con Brasil, Chile y Colombia es previsible, al igual que con los demás miembros del hoy adormecido Mercosur y la Alianza del Pacífico. Debería convertirse en prioridad para la eventual administración de Joe Biden apuntalar decididamente a los gobiernos democráticos de la región suramericana, para evitar el resurgimiento del liderazgo populista de izquierda.

En la presidencia de Obama, quien visitó Cuba en marzo de 2016, no solo se le sustrajo de la lista de países patrocinadores del terrorismo, sino que se reabrió la embajada americana en La Habana, cerrada por más de cincuenta años, y se produjo el levantamiento de restricciones a viajes, remesas y operaciones de empresas estadounidenses. Como vicepresidente, Joseph Biden fue elemento fundamental de la estrategia de apertura hacia Cuba, por lo que es un hecho, y así lo ha anunciado, que al frente de la Casa Blanca, retomaría tales esfuerzos. Con la asunción de Trump, algunas de estas medidas, en especial las relativas a viajes y remesas fueron revertidas, lo que, en su momento, fue criticado por Biden. Recientemente, el exvicepresidente, en una declaración inesperada, acusó a su contendor de crear las condiciones para que Cuba fuera elegida como miembro del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, lo que luce como un esfuerzo por matizar sus posturas previas sobre la isla, que desataron una importante oleada de críticas. Su alianza con Sanders, quien ha elogiado el legado de la revolución cubana y criticado el embargo, no parece ayudar a Biden a conseguir un respaldo sustancial de la comunidad latina y, en particular, de la nada despreciable masa cubanoamericana, tan necesaria para resultar victorioso en un estado clave como Florida.

Biden y Venezuela.

La llegada de Hugo Chávez al poder dinamitó de forma inmediata la buena relación que mantenía Venezuela con los Estados Unidos. Las tensiones recrudecieron en la administración de George W. Bush, lo cual no mejoró con Obama, quien firmó una orden ejecutiva en la que se declara a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de Estados Unidos” en 2015, ya bajo la presidencia de Nicolás Maduro. El ascenso de Donald Trump trajo consigo una política de presión muy férrea, al catalogar al régimen de Maduro como dictatorial, incrementar exponencialmente las sanciones individuales a miembros de los distintos poderes e instituciones del Estado que sostienen al régimen, así como a militares de alto rango y hasta empresarios vinculados con el madurismo. Asimismo, Trump ha impuesto sanciones a empresas del Estado venezolano, con ocasión del desconocimiento de la dictadura venezolana a las providencias de la Asamblea Nacional, la integración de una Asamblea Constituyente espuria y el evento electoral desconfiable en términos absolutos de mayo de 2018.

La escalada de presión se incrementó a raíz de la juramentación el 23 de enero de 2019, de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, como presidente encargado de la república, evento que la administración Trump reconoció de manera inmediata y, desde entonces, ha liderado una coalición que supera cincuenta países, demandando el fin de la usurpación del poder en Venezuela, por parte de la dictadura de Maduro, a quien, junto a otros líderes del régimen, la justicia norteamericana recientemente ha señalado de narcoterroristas.

El reconocimiento oficial de un gobierno “paralelo”, a cuyo líder recibió en la Casa Blanca, el cúmulo de robustas sanciones, la amenaza permanente de que “todas las opciones están sobre la mesa”, la imputación del Departamento de Justicia, la propuesta de transición negociada formulada por el Departamento de Estado en marzo pasado y el envío de la misión antidrogas al Caribe, dificultan a Joe Biden superar al presidente Trump en su empeño por dar cauce al retorno a la democracia en Venezuela. No hay dudas de que, de hacerse de la presidencia, promoverá la salida de Maduro, pero es impreciso sostener que mantendrá el nivel de la presión evidenciada hasta el momento. Sería ingenuo pensar que, a su alrededor, no habrá reclamos de sectores ya mencionados del ala radical demócrata, que se han declarado en desacuerdo con las providencias de la actual administración hacia Caracas, para que se minimice el ensañamiento contra el sucesor de Chávez.

Claramente, a los esfuerzos venezolanos por el cambio de gobierno, conviene que Trump se mantenga en Washington. Esta afirmación no implica que Biden abandonaría la causa del país suramericano, pero sí es enormemente probable que haya un revés importante que dé, aunque sin ese objetivo, oxígeno a la revolución bolivariana. Biden aboga por el estatus de protección temporal (TPS) para los venezolanos, a lo que los republicanos se niegan porque prefieren dirigir los esfuerzos a la eliminación del problema de fondo que es, precisamente, la dictadura.

Es previsible un Presidente Biden reclamando elecciones libres y competitivas, exigiendo la liberación de los presos políticos, el respeto a las instituciones democráticas, los Derechos Humanos, llamando al diálogo entre los sectores políticos del país y activando mecanismos diplomáticos tendentes a buscar el fin del oscuro y largo trance que atraviesa Venezuela. Se presume que mantendría las sanciones individuales. Todo lo cual ya fue hecho, aunque tímidamente, por la administración de la que fue vicepresidente y también por la de Trump, con los agregados previamente aludidos. Si quiere retroceder, tampoco será fácil. ¿Qué pasará con el reconocimiento al gobierno encargado de Guaidó? ¿Reabrirá la embajada en Caracas? ¿Cuál es el destino de la embajada de Venezuela en Washington, ahora en posesión de funcionarios designados por Guaidó? ¿Mantendrá las sanciones impuestas al Estado venezolano? Amanecerá y veremos.

En todo caso, todavía queda un trecho importante por recorrer antes de la esperada elección presidencial en Estados Unidos de América. Se trata de una oportunidad muy clara para el Partido Demócrata, pero no todo está escrito. Donald Trump es el presidente en ejercicio, con todas las ventajas que eso implica, goza aún de una base de respaldo popular, un partido unificado en torno a su candidatura (sin querer subestimar las implicaciones que pudieran significar las recientes declaraciones del expresidente Bush y Colin Powell), mucho dinero para su campaña electoral y habilidades demostradas para salir victorioso de situaciones adversas. Ante la realidad de las últimas semanas convulsas por los excesos policiales que produjeron la muerte de George Floyd y las consecuentes manifestaciones violentas que se han desatado en algunas ciudades estadounidenses e, incluso, con reproducciones en otras latitudes, será interesante observar quién sale favorecido en el escenario electoral. Asimismo, Trump impulsa en los actuales momentos el denominado Obamagate, un esfuerzo por envolver a Biden en lo que ha bautizado como “el crimen político más grande de la historia de los Estados Unidos”, presuntamente perpetrado en la administración de la que fue vicepresidente. Queda por verse el grado de veracidad de la acusación, hasta dónde está dispuesto a llegar el actual presidente y candidato, y la consecuente variación en los índices de aprobación de ambos aspirantes.

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