#OPINIÓN | Del coronavirus de la política no nos protege el tapaboca, por Pablo Quintero

Política por Pablo Quintero

La permanente actividad política y la falsa creencia de que el liderazgo y la popularidad se mantienen con el tiempo, provocan un cierto grado de astigmatismo político. Ciertamente, las crisis pueden ayudar a identificar a los más aptos para lograr soluciones pero también contribuyen a detectar a los más incapaces. Durante un conflicto todos los actores políticos se ponen a prueba ante los ciudadanos y la opinión pública. Algunos son percibidos como líderes con gran sentido de madurez, sensatez y capacidad; otros como todo lo contrario.

Cuando en una realidad política las alternativas no demuestran ser lo suficientemente buenas o no están a la altura del momento, la ciudadanía se desconecta y pierde el interés en el ecosistema político. Su capacidad de procesamiento sobre lo cotidiano disminuye y aumenta su sentido de supervivencia individual. Las emociones negativas se contagian rápidamente como el coronavirus, algunas terminan aniquilando la esperanza, la resiliencia y la autoconfianza de la ciudadanía.

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En política, las formas son el fondo y la percepción debe cuidarse. En una sociedad donde los ciudadanos terminan construyendo puentes y los políticos optan por quemarlos, la desconexión es un escenario inminente. La pérdida de respeto, atención y admiración termina por conducir al político al fracaso y la vergüenza. No se puede hacer buen uso de la política si los ciudadanos no respetan y escuchan a sus dirigentes.

Ante la crisis de liderazgo y de claridad la introspección está entre los primeros pasos a seguir. Nada se podrá hacer si no se sabe lo que se está haciendo. Para aliviar los síntomas del Coronavirus político es necesario aprender a gestionar emociones pero sobre todo las propias, se debe encontrar el equilibrio entre el carácter y la prudencia. No se puede hacer lo mismo si se quieren resultados distintos. Los ciudadanos aspiran ser conducidos por políticos maduros y no por adolescentes emocionales.

¿Se puede estar mejor cuando todo está peor? Sí, para lograrlo es necesario cambiar de mentalidad, actitud y comportamiento. Hay que elevar el nivel de todo, desde el lenguaje hasta la capacidad de escuchar, procesar soluciones y construir con lo que se tiene y no con lo que se quiere. Las adversidades obligan a que el hombre se pruebe a sí mismo, de una forma u otra. Hay que pensar fuera de la caja y aprender a nivelar las dosis de idealismo y pragmatismo.

Mucho se habla de estrategia cuando ni siquiera se percibe sentido común. Desafortunadamente no se puede elaborar una ruta, camino o salida si no se cuenta con un mínimo de racionalidad y entendimiento. Crear una solución no es apretar un botón, es un proceso de construcción que requiere esfuerzo, voluntad y objetivos en común. ¿Cuál es la verdadera motivación de aquellos que hoy hacen política? ¿Qué los lleva realmente a hacer política? Son algunas de las preguntas que deben ser respondidas y no deben quedar en el aire.

La gente sabe dónde está pero no sabe hacia dónde va. El actual desafío político consiste en gravitar bajo la incertidumbre y evitar tropezar con los mismos dilemas, conflictos y obstáculos.

Dibujar las imágenes de algo mejor para los ciudadanos. La pandemia no solo empeoró las cosas, también las cambió para siempre. Desafortunadamente nada volverá a ser como antes y el individuo debe reconocer que la adaptación es parte de la supervivencia. El político de hoy debe salir de las pantallas, del intercambio de tweets, del like o retuit. Se necesita reconectar de verdad, con coherencia en la realidad. La política se mide con hechos y todo aquel que aspire a ser bien recordado necesitará generar situaciones que den menos problemas y mejores resultados.

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