La Iglesia católica está a punto de iniciar uno de sus procesos más solemnes y decisivos: la elección de un nuevo papa. A partir de este miércoles, 133 cardenales menores de 80 años se reunirán en la Capilla Sixtina del Vaticano para iniciar el cónclave que definirá al sucesor de Francisco, fallecido el pasado 21 de abril a los 88 años, tras más de una década de pontificado.
Este será el cónclave más concurrido de la historia, reflejo del esfuerzo del papa Francisco por descentralizar la Iglesia y dar más protagonismo a las regiones no europeas.
A pesar de que eran 135 los cardenales con derecho a voto, dos de ellos —el español Antonio Cañizares y el keniano John Njue— no asistirán por razones de salud.
La jornada comenzará con una misa en la basílica de San Pedro y, horas después, los cardenales se dirigirán en procesión a la Capilla Sixtina para prestar juramento de confidencialidad. Allí, bajo el famoso fresco de Miguel Ángel, quedarán aislados hasta alcanzar una decisión. La primera votación podría realizarse esa misma tarde, y se espera la tradicional «fumata»: si el humo es negro, no habrá acuerdo; si es blanco, habrá nuevo papa.
Aunque el proceso no contempla candidaturas oficiales, varios nombres resuenan con fuerza en los pasillos del Vaticano.

Entre ellos, el italiano Pietro Parolin, actual Secretario de Estado del Vaticano y figura de gran experiencia diplomática; el filipino Luis Antonio Tagle, identificado con la línea pastoral de Francisco y cercano a los fieles más humildes; o el congoleño Fridolin Ambongo, defensor de la justicia social en África.
Otros nombres que generan expectativa son los de Matteo Maria Zuppi, arzobispo de Bolonia y defensor de una Iglesia inclusiva; Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, con fuerte experiencia interreligiosa; y el húngaro Péter Erdő, de perfil más conservador y sólida formación doctrinal.
También figuran entre los posibles elegidos los estadounidenses Blase Cupich y Joseph Tobin, ambos vinculados a una visión progresista y pastoral; el francés Jean-Marc Aveline, comprometido con el diálogo interreligioso; y el veterano Fernando Filoni, de orientación conservadora y extensa trayectoria diplomática.

Más allá del nombre del futuro pontífice, otra de las grandes incógnitas será el nombre papal que adopte. Esta tradición, que comenzó en el siglo VI con el papa Juan II, suele interpretarse como una declaración simbólica del rumbo que tomará el nuevo pontificado.
La elección del nuevo líder espiritual de más de 1.300 millones de católicos se produce en un momento crucial para la Iglesia, con desafíos como la pérdida de fieles en Occidente, el crecimiento en África y Asia, los escándalos de abusos, las reformas internas y la necesidad de adaptación a los tiempos contemporáneos.
El mundo observará atento el humo que surja de la Capilla Sixtina. Solo entonces se sabrá si el futuro papa será un continuador del legado de Francisco o marcará un cambio de rumbo en el timón de la Iglesia católica.






