#OPINIÓN | Tan contagioso como el Covid-19: la hiperinformación y la desinformación, por Pablo Quintero

En la trágica Venezuela de hoy, los venezolanos son víctimas del cansancio de la hiperinformación y el exceso de zozobra que genera cada noticia. La nueva dinámica del venezolano está condicionada por el uso excesivo de las redes sociales durante la cuarentena, lo que ha traído como consecuencia un desgaste de su salud mental.

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Nadie está psicológicamente preparado para vivir otro apagón. Ya hay que lidiar con la falta de agua, las largas colas por comida y gasolina y la perenne incertidumbre sobre el futuro y la supervivencia. Nadie está preparado para la guerra, mucho menos para recibir exceso de información, que en su mayoría es negativa y trágica.

En un país en el que la censura y la persecución es el pan de cada día, la ciudadanía se refugia en las redes sociales para interconectarse y saber lo que ocurre en tiempo real. Sin embargo, no todo lo que se lee es cierto. Más del 50% de las noticias que encontramos en internet han sido manipuladas por diversos grupos de poder que persiguen desinformar y desmovilizar.

En Venezuela, durante 2020 y el inicio de la cuarentena, se generó un incremento del uso de las redes sociales, particularmente twitter. Una red social que se ha convertido en la nueva ventana informativa del país. Así mismo, a nivel mundial es catalogada como el nuevo periódico digital del siglo XXI, dejando atrás los noticieros de las cadenas televisivas y los medios de comunicación tradicionales.

Twitter es de uso obligatorio para los venezolanos. Ha sido la voz de individualidades y minorías, así como también el puente comunicacional entre sectores ciudadanos y grupos políticos. Sin embargo, las burbujas de desinformación aumentan a medida que se mantiene un gobierno autoritario en Venezuela. La manipulación mediática se gestiona entre datos y algoritmos con el propósito de consolidar un tecno-poder, aprovechando las ventajas comparativas entre hacer política a través de redes sociales y los métodos convencionales.

Por otra parte, tanto la hiperinformación como la desinformación constituyen uno de los grandes problemas para la articulación de las fuerzas políticas, principalmente de oposición. El gobierno autoritario se ha armado con laboratorios digitales que utilizan los recursos del Estado con fines políticos y estratégicos. El uso de bots o tropas para el posicionamiento de etiquetas, formación de matrices de opinión o bulos de información, son algunas de las herramientas que utiliza el ciberleviatán para mantenerse de pie en la arena digital. Un terreno complicado para el interinato, que debe lidiar con hackeos, fishing y bloqueos a páginas webs, con recursos limitados y arriesgando la viabilidad de sus planes de gobierno virtual.

Quienes detentan el poder han comprendido que controlar los medios y la agenda informativa, es controlar emociones y comportamiento. La estrategia de distracción, de diferimiento, de banalización, de autoculpabilidad y de sobresaturación, ha sido la punta de lanza del control social en la política digital. Es común observar a una ciudadanía estresada y agobiada en Venezuela, ya sea por el bombardeo de malas noticias o por la complejidad del escenario político actual. Sin embargo, es importante precisar que la desinformación es intencionada, inducida y cuantificable. No es un asunto trivial que nace de la espontaneidad de las redes sino de aquellas mentes que quieren controlar el poder a través de plataformas digitales.

La hiperinformación o infodemia (como lo ha llamado la Organización Mundial de la Salud, en la coyuntura actual), ha sido muy bien aprovechada por gobiernos autoritarios y hegemónicos.

Esta sobresaturación ha traído como consecuencia que los ciudadanos pierdan el foco de los asuntos de mayor importancia. Las violaciones a los derechos humanos, las libertades individuales o la privacidad de información, pasan a un segundo plano, así como la paz, la tranquilidad y el equilibrio mental de los individuos. El discurso de guerra, de confrontación y de conspiración permanente, genera automáticamente un estado de alerta que resulta nocivo para una población desgastada y acostumbrada a la supervivencia y al cuestionamiento constante. Hay que tener nervios de acero para navegar en las aguas de twitterzuela, en la que una noticia desplaza a la otra en un abrir y cerrar de ojos, y nuestra capacidad de asombro se lesiona.

El antídoto no es más información, sino mejor información. Es apelar a la racionalidad por encima de la emocionalidad, es ser suspicaz y no dejarse engañar por los fake news o noticias falsas, que tanto daño le han hecho a la política venezolana. Es importante luchar contra el analfabetismo digital para que la democracia ni la ciudadanía pierdan terreno. La vacuna del covid-19 puede tardar en llegar y no depende de cada uno de nosotros, pero combatir la desinformación y el avance del ciberleviatán, sí está en nuestras manos.

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