#Opinión | Toda movilización necesita emoción, por Pablo Quintero

Política por Pablo Quintero

Durante los últimos años se ha generado un dilema dentro de la dinámica política venezolana en relación al resultado estratégico de las movilizaciones sociales en contra del régimen de Nicolás Maduro. Se ha puesto en duda no solo la efectividad de las protestas pacificas y no pacificas sino también el alcance e impacto de estas sobre lo que llamamos el quiebre de la coalición dominante o la élite gobernante.

Venezuela ha sido un ejemplo para el mundo en cuanto a la protesta de calle. La ciudadanía desde hace muchos años ha estado pateando el asfalto y marchando con energía, se ha movilizado de norte a sur y de este a oeste, se ha enfrentado a los cuerpos de seguridad del Estado en puentes, autopistas, calles y hasta en el rio Guaire. A esto hay que agregarle el extraordinario trabajo de difusión informativa de los medios de comunicación y el valioso proceso de documentación periodística sobre la cantidad de violaciones a los derechos humanos y el exceso de represión hacia la población.

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No cabe duda que el venezolano ha marchado y lo sigue haciendo pero lo que si genera incertidumbre es la desconexión que existe entre la dirigencia partidista y el ciudadano. El cansancio psicológico en la gente es un síntoma que es evidente y tangible pero no basta solo con reconocerlo sino también interpretarlo. La dirigencia política no solo necesita comprender que mandar a marchar no es apretar el botón del ascensor, no es un proceso automático, no funciona así. Menos ahora cuando se cuestiona el mismo formato de convocatoria y la misma estrategia de comunicación política.

Las emociones en el terreno de la política son obligatorias para lograr movilizar a una sociedad golpeada, desmoralizada y llena de incertidumbre. La motivación no solo se logra a través del mensaje, de la invitación a la confianza, sino también de la inyección de emociones positivas ancladas a la contundencia y a la estrategia. Hoy en día, es un reto conducir a una población sumergida en su propia dinámica de supervivencia, una sociedad caótica llena de miedos y a la vez de esperanza. A pesar de eso hay que insistir en la corrección.

Hay mucho que comprender sobre el comportamiento del venezolano hoy en día, su forma de ser ha cambiado durante los últimos años y se ha convertido en un individuo con unas características muy complejas y contradictorias. Su personalidad ha sido en parte definida por la agenda política y el entorno social, su lenguaje, expresiones y comportamientos han estado altamente condicionado por lo político, la lucha constante por el poder entre dos bandos y la necesidad de solucionar problemas a diario.

Algunos de los políticos olvidan que los ciudadanos en Venezuela dejaron de ser solo un numero electoral, la mayoría paso de la disposición y la motivación a la incertidumbre e incredulidad, por ello es obligatorio replantear la forma de comunicarle a los ciudadanos lo que se quiere de forma clara, precisa y con emoción. El ensayo y error no debe convertirse en una practica y son muchos los errores en que se incurren por falta de profundidad, entendimiento y reflexión sobre este tema.

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Desplazar la tristeza, el miedo, la inacción, la apatía y todas las emociones negativas que hoy contaminan nuestro entorno es la principal tarea para movilizar a la sociedad, re activar el discurso positivo, real, humano pero sobre todo coherente activara automáticamente aquel clima que necesita la población para seguir en las calles protestando y participando en política. Elevar la autoestima y la autoconfianza a través de una actitud segura y de liderazgo ayudara a trascender de la percepción a la realidad. Ya no solo parece sino que es o puede ser.

Hoy en día los venezolanos rechazan las ambigüedades, los discursos rimbombantes, las largas tertulias sin profundidad y conclusión. Se espera una exposición clara con una visión de mundo tangible, palpable y realizable, una identificación con lo real, con la historia de cada ciudadano. Se debe emocionar, trabajar desde la energía y la fortaleza apostando por un camino de esperanza real y no de falsas ilusiones. Aquellos que construyen el barco deben estar dispuestos a enfrentar el océano y navegar desde la calma a la turbulencia.

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Opinión | 10 de mar
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