Ser minero en Venezuela: un oficio lucrativo y peligroso

Ser minero en Venezuela: un oficio lucrativo y peligroso

La grave crisis económica que atraviesa Venezuela ha ocasionado que miles de personas lleguen hasta las zonas mineras de Bolívar para internarse en peligrosos yacimientos de oro, donde se trabaja a merced de grupos armados y en medio del peligro de derrumbes y enfermedades.

Trabajar la minería es el único ingreso que tiene Camilo Pérez, un exobrero de la construcción del oriental estado Sucre. En 2018, cuando se quedó sin empleo, se encontró en una encrucijada: salir de Venezuela como han hecho millones de sus compatriotas o internarse en una mina de oro. Escogió la segunda opción y viajó a El Callao, en el estado Bolívar.

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Pérez tiene 44 años y 3 hijos, a los que les envía dinero una vez al mes, dependiendo de qué tan bien le haya ido en la mina. “A veces solo saco cuatro gramos de oro al mes y eso es poquito porque tengo que pagar alquiler y mi comida aquí”, relata. Un gramo de oro se cotiza en el mercado entre 30 y 40 dólares.

En El Callao los bolívares y los dólares son casi inexistentes, pues el oro es prácticamente la moneda local; por eso todo es mucho más caro que en otras zonas de Venezuela, un país petrolero cuyo salario mínimo es inferior a cinco dólares al mes. “Aquí todo se paga en dólares, desde una harina para comer hasta un corte de cabello”, comenta Pérez.

El Callao está ubicado en Arco Minero del Orinoco, una extensa zona de la Amazonía venezolana, al sur del río Orinoco, que cuenta con un territorio de 111.843 km² y que fue decretada como Zona de Desarrollo Estratégico Nacional por el régimen de Nicolás Maduro en febrero de 2016.

Un mes después de ese nombramiento, ocurrió una matanza de mineros en Tumeremo, otra franja de explotación de oro, en el estado Bolívar. Ese hecho, puso en relieve los desmanes que ocurren en los anárquicos territorios ocupados por miles de personas, quienes trabajan bajo el control de grupos armados.

Bandas armadas y prostitución

La mina donde trabaja Camilo Pérez está controlada por una pandilla criminal. Él relata que sí ha visto gente armada en los yacimientos, pero sostiene que no atacan a los mineros, siempre y cuando paguen la cuota que les exigen mensualmente. “Aquí tienes que pagarle al sindicato para poder trabajar”, dice. Sindicato es como se autodenominan los grupos armados.

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En el estado Bolívar son frecuentes los tiroteos y enfrentamientos en las minas. Organismos como la policía local y el Ejército con frecuencia emiten reportes en los que se evidencian estos hechos. “Escuchar disparos en la mina no es una cosa del otro mundo”, asegura Analí Villarroel, una mujer que trabaja como cocinera en una mina de Tumeremo.

Cada zona es controlada por un grupo distinto. Los mineros detallaron que en algunos casos, los grupos actúan en complicidad con el Estado y revelaron que en algunos territorios hay supuestos miembros de la guerrilla.

Villarroel sostiene que otro de los elementos que se observan en las minas es la explotación sexual. De acuerdo con un informe presentado en mayo de 2021 por el Centro de Derechos Humanos (CDH) de la Ucab Guayana, al menos 3.500 mujeres y niñas son explotadas sexualmente solo en El Callao.

El CDH recuerda que la prostitución es una forma de violencia contra la mujer sea forzada o voluntaria, y está normalizada como una opción para mujeres pobres.

“No es solo estudiar el problema, es que el Estado debe investigar, enjuiciar y castigar a los responsables. Hay que rescatar a las víctimas, pero también desmantelar a los grupos armados y enjuiciar a los responsables”, señaló Beatriz Borges, investigadora y directora del Centro de Justicia y Paz (Cepaz).

Zona endémica de malaria

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Para un minero no hay una enfermedad más común que la malaria, dice Carlos Pineda, un residente de Tumeremo, municipio Sifontes, quien trabajó 20 años en una mina de esa zona. “Cuando andaba en mis labores a veces me daba malaria tres veces al año, pero supe de algunos compañeros a quienes les dio 10 veces en un solo año”, señala Pineda.

Los precarios ambulatorios de los municipios Roscio, El Callao o Sifontes, no cuentan con tratamientos para esa patología y los mineros deben recurrir al mercado negro que funciona dentro de los propios yacimientos de oro. “Un tratamiento para el paludismo, te lo venden en tres gramos de oro”, agrega Pineda, quien precisa que enfermarse también es un negocio dentro de la mina.

Mientras toda esta situación ocurre y miles de venezolanos siguen llegando a las minas empujados por la crisis, el gobierno de Venezuela no reconoce la anarquía que predomina en los territorios donde se explota el mineral.

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